Transformación estructural y coherencia personal

La problemática de la violencia estructural surge desde diversos lugares del mundo. En América Latina, la incorporación de los aspectos estructurales de la realidad ha sido muy común. Hay una tradición intelectual y  política de varias décadas que trata de explicar la pobreza y la desigualdad entre las personas poniendo el acento en las estructuras económicas y políticas vigentes. La perspectiva estructuralista de análisis de la realidad tenía diversas corrientes y acentos temáticos. La situación de violencia se caracteriza por la miseria y el desamparo en el que viven las familias y a ello se le añade un rasgo especialmente latinoamericano por su magnitud: la gran desigualdad social y regional. Todos esos rasgos juntos han hecho posible caracterizar la situación como injusta y es a esa situación de injusticia que se le ha denominado violencia institucionalizada.

Como propone Sen: “El desarrollo puede concebirse … como un proceso de expansión de las libertades reales de que disfrutan los individuos.” Las preguntas que propone Sen para el debate y la deliberación públicos a propósito de las reformas económicas en la India son las siguientes: “¿Por qué buscamos el desarrollo? ¿Qué logrará si se lo consigue? ¿Cómo debe juzgarse el éxito o fracaso de las políticas?  Para luego insistir en que “Sólo con un reconocimiento explícito de los fines básicos es que los debates sobre los medios y estrategias pueden estar adecuadamente cimentados.”

Las estructuras son siempre difíciles de cambiar. De ahí, que dicho cambio requiriera nada menos que una revolución social y la solidaridad para muchos no quiere decir sino eso. Al mismo tiempo, el debate sobre los fines del desarrollo y la centralidad del aspecto humano en él permiten establecer la medida en que se puede ir logrando ampliar la libertad, las condiciones necesarias para ello y, en consecuencia, los requerimientos de transformación de la realidad.

La preocupación por las estructuras no impide la colocación en un importante lugar a las decisiones particulares en la vida cotidiana. Ni la historia, como el caso de Marx, ni el Estado como en el caso de Rawls, eximen a las personas, en el conjunto de sus decisiones, de su responsabilidad cotidiana en pro de la igualdad. En otras palabras, la opción por la igualdad debe involucrar a las decisiones cotidianas, familiares, laborales, etc. y más aún, si es posible, en el caso de quienes se confiesan igualitaristas (según Gerald Cohen).

Esa coherencia tiene que tener muy claro el objetivo. Como señaló Sen sobre lo que podríamos considerar una faceta de la dimensión moral en la tarea intelectual: “El primer requisito para conceptuar la pobreza es tener un criterio que permita definir quién está en el centro de nuestro interés.

Javier M. Iguíñiz Echeverríajiguini@pucp.edu.pe
(El artículo completo se puede conseguir en el secretariado de PR)